Entrevista con Balam Rodrigo, autor del “Libro centroamericano de los muertos.”

por Rey M. Rodríguez

Bartolomé de las Casas, fraile dominico, se erige como una de las primeras figuras europeas que, hace más de quinientos años, alzó la voz contra las atrocidades perpetradas por los españoles contra los pueblos indígenas que habitaban en México y otras regiones. Su obra, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, intentó describir el horror y la brutalidad infligidos a los pueblos originarios tras la invasión española. A través de su escritura, buscó dar testimonio de la violencia masiva. Su obra permanece como un archivo de atrocidades y en ella expuso las fallas morales de España, incluyendo, entre otras cosas, su crueldad. No obstante, sigue siendo profundamente controversial por diversas razones, principalmente por no haber defendido la soberanía indígena. Permaneció, en última instancia, atrapado dentro de un marco colonial.

Siglos después, en Libro centroamericano de los muertos, Balam Rodrigo regresa a ese mismo territorio de muerte, desplazamiento y memoria mediante la creación de un palimpsesto basado en Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y utiliza ese fundamento para transformar la trágica historia de los migrantes centroamericanos que recorren la columna vertebral de México hacia los Estados Unidos en una obra de arte que se asemeja más a lo sagrado que a una simple documentación del horror. De las Casas se limitó a catalogar la destrucción. Rodrigo, en cambio, crea poesía. El fraile intentó convencer a los poderosos de que cambiaran su conducta. La poesía de Rodrigo busca hacer lo mismo, pero por otra vía. Invoca a los muertos y, a través de sus palabras, intenta guiarlos de regreso a casa y, al tiempo que, nos convoca a hacer más por proteger a los indefensos. Reanima vidas migrantes que de otro modo quedarían perdidas en la historia y en la violencia de las fronteras, los desiertos y los gobiernos. No pretende simplemente documentar. Más bien, nos invita a recordarlos, a llorarlos e incluso a resucitarlos para que puedan encontrar la paz.

La obra de Rodrigo no es un archivo en el sentido tradicional. Se asemeja más a un altar. A través de su libro, ha creado un espacio sagrado donde el lenguaje se convierte en ritual. El testimonio que recoge se transforma en invocación. Más importante aún, es un espacio donde los muertos no son objetos de la historia, sino presencias que hablan en el presente en cuanto se abre el libro. Libro centroamericano de los muertos es a la vez una continuación y una ruptura con la larga tradición de escribir la violencia en las Américas. Es una poderosa reimaginación de cómo damos testimonio, para quién y de qué manera.

En esta conversación, exploramos a Bartolomé de las Casas, el camino de Rodrigo hacia la escritura, la poética del testimonio, la ética de representar el sufrimiento y la posibilidad de transformar historias de muerte en actos de dignidad, memoria y resistencia sagrada.

Entrevisté a Rodrigo en español y posteriormente traduje la conversación al inglés. Para su disfrute, publicamos ambas versiones.


Maestro Balam Rodrigo, bienvenido a Storyteller’s Corner de Chapter House, la revista literaria del Institute of American Indian Arts, en Santa Fe, Nuevo México, Estados Unidos. 

Querido Rey. Muchas gracias por la invitación a participar en este capítulo de Chapter House.

Su libro, Libro centroamericano de los muertos, es una obra que me impactó muchísimo. Tuve incluso que volver a revisar el trabajo de Bartolomé de las Casas. Quiero comenzar por ahí: ¿qué piensa usted de Bartolomé de las Casas? ¿Cómo deberíamos verlo en su momento y cuál es su importancia ahora, en el tiempo que vivimos?

Me parece que es importante porque él es quien inicia lo que podríamos llamar una tentativa defensa de los derechos humanos de cualquier persona, pero particularmente de los indígenas. Si bien es cierto que a fray Bartolomé de las Casas se le critica su propuesta de defensa de los derechos de los indígenas —sus cargas de trabajo, la explotación, las violaciones a sus derechos humanos, toda la violencia extrema que padecían en las colonias de América—, pero que esa mano de obra fuese sustituida por personas traídas de África, es decir, por africanos. Sin embargo, hay que dimensionar que era un hombre de su tiempo.

Fray Bartolomé de las Casas fue muy adelantado a su época en la defensa de los derechos humanos de los nativos de América, y eso me parece un punto medular. Porque si nos trasladamos casi quinientos años después de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, hoy sigue siendo necesario defender prácticamente a las mismas minorías que él pretendía proteger y cuya defensa exigía a la corona española.

Si Bartolomé de las Casas viviera en la actualidad, exigiría a los gobiernos, a los Estados, al mundo global —sobre todo al Hemisferio Norte, más adinerado y con más posibilidades— auxiliar, ayudar, defender y reconocer los derechos humanos de todas las aporías, de todas las minorías, de las personas indefensas, entre ellas, obviamente, las personas en tránsito que van migrando, no solamente desde las Américas, sino desde muchas otras latitudes y continentes.

Ahora, ¿nos puede platicar un poco sobre su historia? ¿Cómo entró a ser escritor y por qué escribe?

Tuve la idea de escribir porque me gustaba mucho leer. De niño me crié y nací en un pueblo muy pequeño en el que no había bibliotecas; no había acceso a los libros, excepto un puñado de libros que eran de la familia. Mi padre y mi madre sí eran lectores, en un lugar donde a nadie le gustaba leer, ni a mis maestros. La verdad es que ni siquiera mis maestros leían o leían sólo los libros de texto.

Desde pequeño tuve una afición por la lectura, animado por la familia. Cuando me trasladé a la universidad y estudié biología y luego una maestría en ciencias, algo que me llamó mucho la atención y que aproveché durante mi estancia en la Ciudad de México, en la UNAM, fue la enorme Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. Viajé de Chiapas a la Ciudad de México para estudiar biología, pero ahí tuve acceso a libros de literatura. No solo estudiaba mis materias de biología: también leía literatura.

Para olvidar un poco el hambre, los sinsabores de la vida en la ciudad y dedicar tiempo a mi pasión, que era leer literatura, me iba horas y muchos días a la biblioteca. Después comencé a comprar libros en librerías de segunda mano. Así empezó mi pasión, mi relación con la lectura. En algún momento dije: “Quiero escribir mis propias historias”. A finales de los años noventa comencé a escribir mis primeras historias. Empecé como narrador, escribiendo algunos ensayos de divulgación científica, también algunos cuentos, y posteriormente comencé a escribir lo que algunas amigas y compañeros universitarios me dijeron que era poesía. Me decían: “Esto que escribís es poesía”. Y así comenzó mi periplo.

A los treinta y dos, treinta y tres años, después de haber terminado la maestría, decidí dedicarme y consagrar la mayor parte de mi tiempo —bueno, además del trabajo— a la escritura. Ahora me dedico casi de lleno, como actividad profesional, a escribir.

¿Y por qué escribe?

Escribo por esta imperiosa necesidad de compartir, de cantar y contar, como dijeran Unamuno y después Octavio Paz: cantar y contar de otra manera lo mismo, la misma condición humana, tal como yo la he vivido, visto o experimentado.

También escribo por esos pequeños huecos o grietas que yo advertiaque, por ejemplo, en la literatura de México o de Chiapas y que no estaban escritos: hablar de la centroamericanidad, o de la cercanía identitaria de buena parte de México y de Chiapas con Centroamérica, y de la migración desde la poesía, es algo que no se había hecho o se había hecho muy poco, sobre todo poniendo énfasis en la frontera sur entre México y Guatemala.

Siendo habitante de ese espacio geográfico mexicano-centroamericano, me dije: tengo que escribir nuestras experiencias, porque quienes habían contado antes historias sobre esta región del mundo eran, en su mayoría, escritores ajenos a ella, no nativos. Hacía falta nuestro testimonio, nuestra palabra. Y eso, para mí, era fundamental. Hablar también en un español y en un lenguaje nuestro, de esta misma región del mundo, para darle mayor cercanía y mayor verosimilitud no sólo a los lectores de otros lugares, sino sobre todo a las personas locales, para que al leer en ese dialecto del español pudiesen identificarse y sentirse parte de esas historias. De ahí mi interés en comenzar a escribir sobre nuestra propia historia, nuestros relatos y nuestros mitos desde mi propia visión del mundo.

Muy bien. ¿Y qué le impulsó a escribir Libro centroamericano de los muertos? ¿Hubo un encuentro, una imagen o un testimonio específico que dio origen al libro? Porque en el caso de Bartolomé de las Casas, no fue solamente que vio ciertas cosas, sino también que leyó algo. Parece que eso le cambió la vida: leer la Biblia y luego comprender que debía vivir de otra manera.

Claro. En mi caso sucede que escribí un primer libro, que es parte de un conjunto de cuatro libros cuyo tema es la frontera sur entre México y Guatemala, que hablan de lo que construí como una suerte de geopoética centroamericana y también de este éxodo, de la migración, del tránsito de estas personas hacia los Estados Unidos.

Escribí primero Marabunta. Inicié su escritura en 2003, aunque no se publicó hasta 2017; tardó mucho tiempo. En dicho libro hablo del tránsito de mi propia familia, de mi padre, mi madre, mis hermanas, mis hermanos, y también de migrantes que fueron cercanos a nosotros, migrantes centroamericanos, y de la situación de las personas que viven en esa frontera, en situación transfronteriza.

Pero me hacía falta hablar de otras experiencias migrantes, de otros y otras migrantes, sobre todo de algunas y algunos centroamericanos que vivieron con mi familia en el pueblo, en Villa de Comaltitlán. Mi padre y mi madre recibieron en nuestra casa, en nuestra mesa, a más de trescientas personas originarias de Centroamérica a lo largo de dos décadas.

Entonces, leyendo otros libros sobre inmigración, leyendo noticias sobre la migración, dije: esto no es algo nuevo y tengo que dar testimonio de estas otras migraciones, de otras historias, de lo que no escribí en Marabunta. Decidí escribirlas en otro libro, continuar, por decirlo de algún modo, la saga, la historia. Y así me decidí a escribir Libro centroamericano de los muertos.

La primera idea era escribir un libro únicamente sobre migrantes muertas y muertos en México durante su camino hacia Estados Unidos: unir con un río de historias, de poemas, de poesía, el río Suchiate —que separa Guatemala y México— y el río Grande, el río Bravo; atravesar el país con un río de historias y, en cada uno de esos lugares geográficos, hablar de un muerto, de una muerta centroamericana o de un migrante en general que hubiese fallecido a causa de la violencia y de las injusticias cometidas por autoridades, cárteles, polleros, coyotes, traficantes, explotadores, policías, en fin, todas aquellas personas involucradas en la violación sistemática de los derechos humanos de estas personas.

Pero cuando esbocé ese primer intento de libro, me di cuenta de que no debería hablar únicamente de la muerte: también tenía que hablar de la vida. No podía ser solo un libro de muertos y muertas. Entonces decidí intercalar mi propia experiencia y la de mi familia en relación con algunas y algunos migrantes que sí llegaron a Estados Unidos y que nos dejaron sus historias, al tiempo que evocaba e intentaba darles voz a aquellas personas que injustamente murieron de forma violenta a lo largo del camino.

Curiosamente, el primer esbozo del libro no incluía las voces de fray Bartolomé de las Casas. En lugar de los textos de la Brevísima relación, había epígrafes y poemas de escritoras y escritores de Centroamérica. Pero no me convencía cómo estaban presentes en el libro. Entonces volví a leer la Brevísima relación porque Bartolomé de las Casas le da nombre a la ciudad desde donde escribí este libro: San Cristóbal de las Casas.

Y me di cuenta del enorme paralelismo, de la terrible situación, quinientos años después, de que las injusticias continuaran contra los mismos pueblos, contra las mismas gentes, ahora perpetradas por quienes también reclaman derechos similares, como el mismo gobierno mexicano, que exige respeto para las y los migrantes mexicanos en Estados Unidos, mientras reproduce abusos en nuestro país contra otros migrantes. Me pareció paradójico. Entonces me dije: creo que debo intervenir y actualizar esos pasajes de la Brevísima relación.

Cuando hice el primer palimpsesto, la primera intervención, me pareció terriblemente actual, terriblemente similar. Y así fui conformando el libro con fragmentos tomados de distintos lugares: de la experiencia, de la lectura, de la vida. Es un trabajo muy singular. Lo he comentado antes, pero te lo confieso aquí: escribí el libro en nueve días, metido en el inframundo. Dormí muy poco. Claro, ya tenía las ideas, tenía textos, tenía notas; porque todo lo escribo a mano. Pero la construcción del libro se dio en el inframundo: entré al Xibalbá, al Mictlán, y salí de ahí con lo que ahora se conoce como Libro centroamericano de los muertos.

Increíble. Quería preguntarle también por el título, porque evoca algo mexicano, americano, mesoamericano. ¿Qué significa inscribir a los migrantes centroamericanos dentro de esta tradición sagrada? ¿Puede hablar un poco del título?

Sí. Hay quienes han comentado —incluso especialistas o académicos— que quizá el título del libro tenga relación con El libro tibetano de los muertos o con El libro egipcio de los muertos. No tiene nada que ver con ellos, porque estos libros provienen de tradiciones míticas y cosmovisiones ajenas a Mesoamérica.

En realidad, el libro tiene más relación con los Anales de los Kaqchikeles, con el Memorial de Sololá, con el Chilam Balam de Chumayel, y principalmente con el Popol Vuh, y también con nuestra propia tradición en torno a la muerte, en México y en Mesoamérica, que es muy profunda, muy arraigada en nuestra psique y en nuestras tradiciones.

Hay algo importante: en Libro centroamericano de los muertos, mientras los migrantes se desplazan de sur a norte intentando alcanzar Estados Unidos, en el libro la geografía poética aparece en sentido inverso. Porque hablo de los muertos, sí, pero hablo de sus almas; hablo del trasmundo, de lo que está más allá de la muerte. Mi intención era, de algún modo, darles voz y vida a estas y estos migrantes para que regresaran a su lugar de origen. Por eso aparecen Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, en ese orden: porque los muertos van de regreso hacia su origen. Era una oportunidad para decirles: regresen, vuelvan; que nuestros muertos y sus almas vuelvan a casa, y darles vida al intentar, también, darles voz.

Esto tiene mucha relación con lo que he dicho. Además, en mi libro hay una fuerte influencia de Roque Dalton, particularmente de su libro Las historias prohibidas del Pulgarcito: esa mezcla entre historia, política, crítica y testimonio; traer los pecados y crímenes de la Colonia y entremezclarlos con los crímenes e injusticias del presente. También me influyeron poetas como Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Roberto López Moreno y, por supuesto, Juan Rulfo. Porque era inevitable que, al hablar de los muertos, estuviera presente Pedro Páramo, ese gran libro de poesía del siglo XX mexicano, aunque también sea una novela. Ahí están esas voces del trasmundo, esa cosmovisión nuestra. Por eso decía que escribí el libro entre el Xibalbá y el Mictlán. Era inevitable que nuestra tradición mesoamericana estuviera presente.

Eso es increíble. Y para usted, ¿qué es la poesía?

Para mí, la poesía no consiste solamente en escribir y embellecer el lenguaje, en el canto hermoso o bello. Me parece que la poesía es el envés del espejo de nuestro lenguaje. El lenguaje cotidiano, incluso el lenguaje correctamente político, es un lenguaje transparente. Pero la poesía nos habla de la condición humana desde el envés del espejo de la realidad, esa parte nuestra que no queremos mostrar en público, la que nos desnuda, la que muestra lo que verdaderamente somos.

Si comparamos un poema con una selfie o con una foto de redes sociales, en estas imágenes aparecen los filtros, las máscaras, el maquillaje digital. Uno se presenta como no es. Lo que hace la poesía —y lo que hace un verdadero poema cuando habla de la condición humana— es mostrarnos desnudos, tal como somos, tal como acabamos de levantarnos de la cama. La poesía puede hablar de la intimidad, del amor, de la muerte, del desamor, pero también de cuando salimos de una pelea o de cuando tenemos las manos ensangrentadas. Muestra lo que no queremos mostrar de la sociedad y del ser humano, desde lo más sublime hasta lo más vil.

Creo que la poesía tiene esa maravilla: nos muestra en toda la dimensión de nuestra desnudez, nuestra miseria y nuestra riqueza. Recuerdo, hablando de Rulfo, aquel momento en “Luvina” en que la esposa le pregunta al esposo, acostados en el suelo de la iglesia abandonada: “¿Oyes ese ruido?”. Y él responde: “Sí, es el silencio”. Es extraordinario. Sólo alguien con un conocimiento del lenguaje poético puede generar eso. La poesía le da al lenguaje y a la realidad una dosis mayor de realidad, las vuelve más palpables. Hace aún más vivos el amor, la muerte, el desamor y hasta las cosas más comunes del mundo.

Estoy de acuerdo. El libro a veces se lee como una letanía, como un pase de lista de los desaparecidos. ¿Cómo trabajó la voz poética? ¿Quién habla en estos poemas?

La idea era que cada personaje hablara por sí mismo. Entonces lo que hice fue apropiarme, o intentar apropiarme, de esas voces. Me han preguntado cómo logré hacerlo. Bueno: porque conozco a mi gente, conozco a mi familia, conozco a nuestro pueblo. He vivido ahí. Trabajé con mi padre, con mis hermanos en las calles, en los pueblos de Soconusco y Chiapas, de Guatemala; a mi familia le tocaba trabajar y migrar en sentido inverso: íbamos de Chiapas y Tapachula a Guatemala y sus pueblos a vender cosas, trastos, mercancías, y del otro lado comprábamos fayuca para venderla en Tapachula. Éramos, de algún modo, traficantes de sueños, traficantes de comida, de pan, para poder ganarnos algo y sobrevivir.

Conocer ese tránsito, esos lugares transfronterizos, esa suerte de no man’s land, o más bien esos “lugares” que dan sentido a quiénes somos, me permitió recrear y darles distintos matices, tonos y voces a estas personas, la mayor parte de ellas ya fallecidas, asesinadas vilmente. Y aunque resulte terrible y paradójico, en uno de los poemas no solo hablo de víctimas: también le doy voz a un victimario.

Me han cuestionado por qué le di voz a ese sicario, a ese pollero asesino. Porque al mismo tiempo esa persona también era migrante y también es víctima de un sistema injusto que lo obligó a migrar de su lugar de origen y a continuar con su trabajo en el crimen organizado. Si no hubiesen existido la injusticia, la extrema pobreza y la violencia en El Salvador, quizá no se habría integrado a las pandillas que después lo persiguen y lo expulsan, para luego ser contratado por un cártel en México y seguir haciendo lo mismo, trabajar en el sicariato. Por eso decía que la poesía habla no solo de lo bello, sino también de las cosas terribles. Fue complejo, fue difícil, pero haber crecido y vivido en esos lugares me ayudó mucho a conseguirlo.

Muchos de los textos se mueven entre historias individuales y experiencia colectiva. ¿Cómo equilibra la intimidad con el anonimato?

La intención fue, además, cambiar los nombres de los personajes, sobre todo en el caso de las y los migrantes fallecidos, para no utilizar en vano o con morbo sus verdaderos nombres. Entonces les creé un nombre y, a partir de ese nombre, escribí una historia basada en parte de la realidad que padecieron o sufrieron, con toda la crudeza que eso implica, pero también pensando en los anhelos, esperanzas y sueños no solo de ellos, sino de todas y todos los migrantes.

En el caso de las y los migrantes vivos, sí respeté sus nombres porque fueron parte de mi familia. Incluso aparecen los nombres de mi mamá, de mi padre, de mis hermanas y hermanos, porque eso muestra esta comunidad. Los latinoamericanos nos caracterizamos por esto: somos como una gran familia. Nos peleamos, tenemos diferencias y después de un rato nos abrazamos, brindamos, compartimos un taco o un caldo.

Creo que también es una forma de decirle al mundo que, pese a nuestras diferencias, tenemos esperanza y sueños, y podemos ayudarnos a alcanzarlos. Es lo que aquí en Chiapas y en otros lugares de esta región del mundo se llama comunalidad: no solo algo colectivo, sino comunal. La hiperindividualidad, que tanto hemos celebrado, hace mucho daño a la sociedad. Somos necesarios en el sentido de actuar como familia, como pueblos, como comunidades, como colectivos. En ese sentido, comunal no es sólo “yo te ayudo” cuando me lo pides; es más bien: aquí estoy, incluso quitándome lo que yo tengo para dártelo, y lo único que te pido es que cuando encuentres a alguien en la misma situación, lo ayudes también.

Por eso en el libro había que otorgarles a estos personajes, el sentido de un pueblo que migra. Curiosamente, escribí este libro antes de que surgieran “oficialmente” las caravanas migrantes, pero de algún modo las y los migrantes del libro ya son una antigua caravana que emigra hacia Estados Unidos.

¿Y de dónde cree que viene esa idea de comunidad? ¿Cree que es un concepto muy indígena?

Yo creo que sí. Es un concepto que todavía hoy comparten muchos pueblos originarios. De ellos tenemos que aprender muchas cosas. Una de ellas es la relación de respeto y de vínculo profundo con la naturaleza, en términos generales. Eso no impide que uno no pueda comerse un guajolote o un cerdo que ha criado, pero hay un reconocimiento de lo divino y lo sagrado en cualquier elemento, en cualquier ente, animal o persona. Y eso hace que el respeto hacia el otro, hacia la otra, sea más profundo.

Entonces uno ya no piensa únicamente en sí mismo, sino, por ejemplo, en que algo que afecta a un árbol o afecta a una migrante también está afectando a una familia, a un pueblo, a una comunidad, a un ecosistema. No estamos solos en el mundo. Es como escupir hacia arriba: te cae a ti mismo y te deja ciego. Esa sabiduría de los pueblos originarios, esa comunalidad, implica entender que lo que yo hago tiene y tendrá efectos tanto en los más cercanos, como también en personas o comunidades que ni siquiera conozco.

Aquí en Chiapas, los pueblos tsotsiles, tseltales, mayas, tojolabales y otros, llaman a esta filosofía lekil kuxlejal, es decir, el buen vivir, la buena vida. Y lo que uno busca no es la buena vida solo para sí mismo, sino la buena vida para todos. Si analizamos el llamado “sueño americano”, creo que originalmente esa idea también era comunal y no sólo individual. Mi libro busca despertar un poco esas conciencias que están perdidas en la “pesadilla americana” y hacerlas pensar en un sueño para todas las Américas, no solo para una.

¿Y cómo estructuró el libro en su conjunto? Lo imagino como una procesión, una ruta migratoria, un descenso o un altar. ¿Cómo lo ve usted?

Sí, como una especie de camino. La idea era sentir y poder percibir, a través de los poemas, lo que viven en carne propia las personas que emigran cuando salen desde la frontera entre México y Guatemala, o incluso desde otros lugares. Todo el proceso aparece como una larga procesión, un largo viacrucis por el que van atravesando pruebas las personas migrantes, de forma similar al viaje de los hermanos gemelos del Popol Vuh, Hunahpú e Ixbalanqué. Pero aquí, lastimosamente, ya no son deidades ni animales quienes les impiden el paso a quienes migran, sino seres de carne y hueso que deberían ayudar, proteger, dar refugio y asilo, y en cambio cometen violencias, atrocidades y barbarie contra ellas.

La idea era pasar por distintas “estaciones” donde uno puede experimentar todo lo que sucede a una persona migrante. Y cuando he compartido estos poemas en Estados Unidos con personas que migraron siendo pequeñas o adultas, muchas me han dicho: “Cámbiele el nombre a ese poema, póngale mi nombre, porque eso me pasó a mí”. Entonces creo que el libro cumple su función cuando las personas reconocen esas estaciones, ese camino espinoso.

Por otra parte, también quería decir que México, en la actualidad, es una enorme fosa en la que ocultamos los esqueletos de nuestras injusticias. Hace unos meses escribí un libro sobre poesía y desaparición forzada, y descubrí que hay más de cincuenta libros de poesía, solo de Oaxaca, Guerrero y Chiapas, escritos en los últimos quince años, que hablan de desaparición forzada. Nuestro país, que es tan hermoso, también es como una enorme fosa en la que vamos ocultando todos los cadáveres, cuerpos y esqueletos que no queremos mostrar. Es el país con mayor cantidad de desaparecidos de todo el mundo, incluso siendo un país que no está formalmente en guerra o conflicto armado. Y entre esas incontables desapariciones masivas están las desapariciones de miles de migrantes. También había que hablar de ese oscuro envés del espejo mexicano.

¿Ha leído la obra de Jason De León? Ganó el National Book Award. Tiene un libro en inglés que se llama The Land of Open Graves y otro que se llama Soldiers and Kings. Son dos libros increíbles.

No, no lo he leído, pero te agradezco la recomendación. Voy a buscar los dos.

Creo que le van a interesar mucho. Y, dígame, ¿cuáles son los desafíos éticos de escribir sobre los muertos, especialmente aquellos cuyos nombres quizá nunca se conozcan?

Es una pregunta muy importante. Cuando uno escribe poesía, no debe olvidar que debe hacerlo bajo una mirada “po-ética,” es decir, a la luz de una ética de la escritura. En el caso del Libro centroamericano de los muertos, yo eliminé cuarenta páginas que no me convencían estéticamente, pero tampoco éticamente. Eran poemas en los que hablaba de otros victimarios y de algunas víctimas, pero el tratamiento que yo mismo les había dado no me convencía.

El ejemplo principal fue un poema que quería escribir sobre un grupo de migrantes hondureños que estuvieron muy poco tiempo en casa antes de continuar su camino. Yo era niño; tenía ocho o nueve años. Se quedaron a descansar, a curar sus heridas, a comer, a dormir durante tres o cuatro días. Luego se subieron al tren de carga que pasaba frente a la casa, en Villa de Comaltitlán. Mi madre les hizo tacos de frijoles y de huevo; les dio comida para el camino.

A las pocas horas, un señor del pueblo que volvía con su ganado pasó frente a la casa y nos dijo: “Uno de los muchachos que estuvo aquí y se subió al tren se cayó”. Nos dijo que estaba muy mal y que fuéramos a verlo. No estaba mal: el tren lo había despedazado. Yo quise escribir un poema sobre eso. Le pregunté a mi mamá, a mis hermanos si alguien se acordaba del nombre. Mi padre ya había fallecido. No nos acordábamos. El trauma también borró cosas.

No estaba conforme con el poema. Tenía dudas éticas. Entonces soñé a una persona, un anciano, que me dijo: “No tenés que poner a ese muchacho en tu libro. Todos los pedazos de su cuerpo son los poemas de tu libro. Ya no es necesario que exhibas su cuerpo despedazado”. Me desperté y entendí que no tenía que poner su cuerpo así, no debía exhibirlo. Quité ese poema y dos más que también me parecían complicados éticamente. También eliminé algunas cartas y textos en los que, de alguna manera, colocaba a mis familiares como héroes o heroínas. Dije: no. Hay que ayudar sin convertir a mi familia en seres extraordinarios. Había que eliminar ese ego y dejar el libro limpio en términos éticos.

Pero no quité a todos los victimarios, porque también tenemos que hablar de eso. Algunos de esos victimarios son parte de nuestra gente. No todos son buenos. Tenemos que hablar de nuestros defectos también. Y creo que tenemos una responsabilidad no solo de denunciar, sino de enunciar dándoles voz a estas personas, para que esto no se repita. La realidad es peor que aquello que sucede en la poesía. Yo hago literatura, escribo poesía, pero afuera, en la vida real, las cosas son terribles. Aun así, tiene que haber registro de nuestra memoria histórica, y la poesía forma parte de la memoria histórica.

Gracias por eso. ¿Y cómo evita estetizar el sufrimiento y, al mismo tiempo, crear una poesía de belleza y potencia?

Para distanciarme también del lenguaje referencial, ya sea periodístico, histórico o estadístico, en algunos poemas incluyo la latitud exacta en donde se encontró el cuerpo o los restos de un migrante muerto, pero le doy un nombre para humanizar el lenguaje. Creo que la poesía, a través del arte del lenguaje, rehumaniza estos hechos. Si, por ejemplo, estos hechos son registrados por un agente de inmigración, un político, un funcionario o incluso un periodista, a veces se quedan como archivos, como documentos referenciales u oficiales. Pero una vez que la literatura toca estos hechos, se vuelven atemporales.

Quizá dentro de veinte años alguien busque en un periódico qué sucedió en nuestra época, pero tal vez un poema le diga más acerca de la humanidad de esas personas migrantes que una estadística o una cifra. Por eso, para mí, era importante apropiarme del lenguaje periodístico, del lenguaje forense, del lenguaje de los mismos criminales, de los códigos de los traficantes, de la jerga, pero al mismo tiempo darle belleza y trabajar con el lenguaje común de la gente de a pie, para que cualquier persona, un migrante, una migrante, pudiera sentirse identificada. Si yo usaba un lenguaje demasiado retórico, quedaría muy alejado de cualquier persona común. Y no podía olvidar que estaba escribiendo poesía y no otra cosa.

¿Y escribir esta poesía lo pone en riesgo?

Sí. Curiosamente, voy a contarte dos historias. La primera vez que presenté este libro en México fue en la Casa del Migrante en Saltillo, Coahuila, con el padre Pedro Pantoja, defensor de migrantes y fundador de esa casa. Él presentó Marabunta y Libro centroamericano de los muertos. Estaba amenazado por Los Zetas; ya habían intentado matarlo un par de veces.

Cuando yo fui a Coahuila, impartí un taller y una charla en la Casa del Migrante. Me acompañó Jorge Dalton, cineasta e hijo de Roque Dalton. Pero al lugar acudieron también halcones de Los Zetas. El padre Pantoja me lo dijo así, con toda claridad: “Hay dos cabrones ahí que son halcones”. Me dijo que no me espantara, que iban a escuchar lo que íbamos a decir, a ver qué íbamos a hacer, y sobre todo a mirar y vigilar a los migrantes.

Lo curioso es que al final esos dos halcones me compraron dos libros: un ejemplar para el “jefe", al que me pidieron dedicárselo, y otro más para ellos. Incluso me dijeron: “¿Por qué no escribe usted mejor canciones de banda o corridos? Le dejarían más dinero”. Y luego añadieron: “Qué bueno que habla de nosotros [Los Zetas] en su libro, porque no nos hubiera gustado que usted hablara de los otros. Nosotros somos los que dominamos aquí”. Eso me pareció muy curioso.

Pero quienes sí me han amenazado son algunas instituciones y funcionarios del gobierno. No es que yo “hable mal” de los agentes de migración o de instituciones como la COMAR o el INM; digo algunas de las verdades que salen a la luz sobre sus vínculos con el crimen organizado. Y es terrible, porque les pagamos con dinero público a funcionarios y políticos para que trabajen por los derechos humanos, y muchos de ellos entregan a las personas migrantes al crimen organizado. Las amenazas, la hostilidad y el acoso que he recibido provienen de instituciones del gobierno. Esto es lo más paradójico: quienes deben protegernos son quienes se sienten ofendidos cuando uno dice la verdad sobre la corrupción o intenta hacer pública una realidad que ellos mismos conocen.

Y, para terminar, ¿tiene algunas sugerencias para poetas o escritores que están empezando?

Sí. Te voy a dar referencias. Sobre todo, aquí en Chiapas y Oaxaca hay grandes escritoras y escritores en lenguas originarias que están trabajando estos temas y otros igual de relevantes. Te puedo poner en contacto con ellas y con ellos. También te voy a enviar sus nombres y compartirte algo de su obra literaria para que puedas entrevistarlos.

Perfecto. Muy bien. Balam, un placer. Es un honor. Un fuerte abrazo.

Un abrazo, Rey. Un abrazo.

Central American Book of the Dead/Libro centroamericano de los muertos (Ala Ediciones, Colección Knórozov, Chiapas, México, Second Spanish Edition 2022, First English Edition 2022, First Reprint 2026, 284 p.) ISBN: 9798364917737

Central American Book of the Dead (Flower Song Press, McAllen, Texas, USA, 146 p., 2023). ISBN-10: ‎195-3447392 /  ISBN-13: 978-1953-447-39-5

Rey M. Rodríguez es escritor, defensor comunitario y abogado. Vive en Pasadena, California. Actualmente trabaja en una novela ambientada en la Ciudad de México. Su colección de poesía, Todos Somos Sagrados/All Are Sacred (El Martillo Press), debutará en mayo de 2026. Ha asistido en múltiples ocasiones al Yale Writers’ Workshop y una vez al taller Palabras de Pueblo. Participó en el programa Novel in a Year de Story Studio. Es estudiante de segundo año del MFA en escritura de ficción en el Institute of American Indian Arts. Su poesía ha sido publicada en Huizache. Sus otras entrevistas y reseñas de libros pueden encontrarse en La Bloga, Storyteller’s Corner de Chapter House, Full Stop, Pleiades Magazine y el Los Angeles Review. Es egresado de Cornell, Princeton y la Facultad de Derecho de la Universidad de California, Berkeley.

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Interview with Balam Rodrigo, author of “Central American Book of the Dead.”

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